Las ciudades pueden ser defensores y facilitadores, poniendo a disposición lotes baldíos propiedad de la ciudad para arrendamientos agrícolas, aprobando leyes de zonificación y lanzando programas para promover la agricultura urbana. Foto: Alexandre Rotenberg/Shutterstock.com

Al adentrarnos en la segunda ola de la pandemia del coronavirus, de nuevo se pone a prueba la solidez de nuestras cadenas de suministro de alimentos. ¿Cuántos entre nosotros, acaso por primera vez, hemos tenido que planificar con cuidado el consumo de alimentos para varios meses? La pandemia puso de manifiesto la vulnerabilidad de todos los eslabones de la cadena de suministro de alimentos, desde los agricultores hasta los hogares, pasando por los procesadores.

Esta situación es una oportunidad para cambiar nuestro sistema alimentario y moverlo hacia una ruta más flexible, sostenible y circular, una en que se eliminen la pérdida y el desperdicio de alimentos, se transformen y se utilicen los subproductos de los alimentos partiendo de su más alto valor, y se mejore la producción de alimentos en lugar de hacer daño al medio ambiente.

Este cambio es urgente. El 66% de la población mundial vive en las ciudades y, para 2050, consumirá más del 80% de los alimentos del mundo. Mientras tanto, una tercera parte de los alimentos producidos para el consumo humano se pierde o se desperdicia, lo que equivale a 1,3 millones de toneladas al año. Estos residuos no incluyen la tierra, el agua y la energía que se destinan a producirlos. Sin embargo, las ciudades tienen la clave para liberar el potencial que permita no solo satisfacer la creciente demanda, sino también mejorar los medios de vida, la salud de los ciudadanos y el medio ambiente natural.

Hay una serie de medidas que pueden arrojar altos dividendos que los países pueden adoptar en virtud del Acuerdo de París para luchar contra la pérdida y el desperdicio de alimentos mediante acciones circulares. Aquí nos gustaría compartir algunas ideas.

Promover la producción urbana y periurbana de alimentos

Las ciudades pueden aumentar su capacidad de resiliencia a las crisis externas y ayudar a fortalecer la seguridad alimentaria si dependen de una combinación de productores locales, regionales y mundiales. Las cadenas de suministro de alimentos más cortas ayudan a reducir la pérdida innecesaria de alimentos debida a las ineficiencias de almacenamiento y transporte, por no mencionar los costos de distribución y las emisiones asociadas, así como el exceso de envases de plástico. Las personas también se beneficiarán. Los alimentos locales, frescos y nutritivos ayudarán que se elaboren dietas saludables y a producir bienestar. Muchas de las principales ciudades del mundo ya están trabajando con miras a mejorar sus sistemas alimentarios urbanos en virtud del Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán, un convenio internacional que abarca 210 ciudades y más de 450 millones de personas.

Repensar las políticas de uso de la tierra y diseño urbano

Las ciudades pueden convertirse en defensoras y facilitadoras al poner a disposición lotes vacíos de propiedad municipal para arrendamientos agrícolas, al aprobar leyes de zonificación y al organizar programas para promover la agricultura urbana. París y Singapur han puesto en marcha iniciativas para aprovechar los tejados para la producción de alimentos e incluir huertos urbanos en nuevos proyectos inmobiliarios. En los países más pobres, el patrimonio agrícola de muchos migrantes rurales y urbanos está ayudando a las ciudades a mejorar la seguridad alimentaria. En Lusaka, más de la mitad de los residentes urbanos cultivan sus propios alimentos, mientras que en Kampala y Yaundé muchos hogares urbanos crían ganado, incluidas aves de corral, ganado lechero y cerdos. Sin embargo, en muchos países de África, la agricultura urbana no forma parte de las políticas oficiales de planificación urbana, y la tenencia de la tierra sigue siendo un desafío importante.

Generar valor a partir de residuos

La pérdida y el desperdicio de alimentos, que según estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) generan un costo de US$1 billón cada año, tienen el potencial de crear nuevas corrientes de ingresos para los Gobiernos y las empresas locales. Una parte de esta pérdida económica podría recobrarse convirtiendo los desechos en fertilizantes agrícolas naturales sostenibles u otros productos de alto valor. Varias ciudades en los Estados Unidos pulverizan restos de alimentos en trituradoras directamente en los fregaderos, y después convierten la pulpa en fertilizantes y biogás para impulsar autobuses e instalaciones de tratamiento de agua. Sweet Benin, un ejemplo innovador de Benín, está colaborando con TechnoServe para convertir los residuos de las cosechas de anacardo en una nueva industria de bebidas, y ayudar así a los agricultores de anacardo a complementar sus ingresos fuera de temporada. Este gran flujo de residuos se puede convertir en productos e ingredientes seguros, deliciosos y saludables que pueden funcionar a gran escala.

Implementar la digitalización y la agricultura urbana basada en datos

Mejores datos nos pueden ayudar a entender el viaje que hacen nuestros alimentos, o bien los flujos de “desechos”, a fin de determinar cómo pueden capturarse y convertirse en ciclos de recuperación de otros procesos generadores de valor. Durante la pandemia, muchas ciudades, incluidas ciudades chinas, se trasladaron a mercados en línea para conectar a los pequeños agricultores con los consumidores y distribuir alimentos a medida que se cerraban las vías de distribución tradicionales. Herramientas como la Calculadora de pérdida de alimentos y valor de residuos también pueden ayudar a las ciudades a hacer seguimiento del modo en que sus esfuerzos dedicados a prevenir la pérdida y el desperdicio de alimentos proporcionan valor nutricional y ambiental.

La actual intersección de las crisis en curso: de salud pública, climática y económica, nos ofrece un incentivo para generar un cambio transformador. No debemos perder esta oportunidad. Nuestro sistema alimentario actual ya no es adecuado para la sociedad y las necesidades planetarias del siglo XXI. Es el momento propicio para un cambio, y las ciudades pueden allanar el camino.

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