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Desde el ébola hasta la COVID-19, hay algo que nuestras respuestas a las crisis sanitarias han dejado claro: lo que salva vidas no son las vacunas, sino las campañas de vacunación.

Un análisis reciente sugiere que durante 2021 se producirán suficientes vacunas contra la COVID-19 para abarcar a un 70% de la población de todos los países. Sin embargo, los países ricos ya se han reservado para sí gran parte de ese suministro, y con las restricciones a la exportación de dosis que otros están considerando, es probable que muchos países de ingresos medianos y bajos (PIMB) no logren vacunar por completo a sus poblaciones antes de 2023. Esta situación se verá agravada por las mutaciones en el virus SARS-Cov-2, que podrían neutralizar la eficacia de la primera generación de vacunas en menos de un año.

Lisa y llanamente, necesitamos vacunar a más personas más rápidamente. Los expertos señalan que al ritmo de vacunación actual, de alrededor de 6,7 millones de dosis por día, llevaría 4,6 años inocular a entre un 70% y un 85% de la población. En el Día Internacional de la Salud de este año, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo hace un llamamiento a renovar la solidaridad y el sentido de urgencia para reducir las brechas de igualdad que están dejando atrás a un número incontable de personas, en particular a quienes viven en los PIMB. Para lograrlo, es fundamental no solo aumentar el acceso a las vacunas, sino también establecer los sistemas sólidos que se necesitan para administrarlas y promover medidas eficaces de contención y vigilancia para avanzar hacia un mundo más saludable y seguro.

Un primer paso para mejorar el acceso a las vacunas —así como a otros instrumentos y tratamientos necesarios— consiste en aumentar las existencias disponibles mediante iniciativas multilaterales como el mecanismo COVAX y el Acelerador del Acceso a las Herramientas contra la COVID-19 (Acelerador ACT), patrocinadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y sus socios. Según el Director General de la OMS, el doctor Tedros, fabricantes y países deben trabajar juntos para donar 10 millones de dosis al mecanismo COVAX a fin de que los PIMB que todavía esperan recibir los primeros envíos de vacunas puedan comenzar a inocular a los trabajadores de la salud, que corren mayores riesgos, y a las personas mayores. La OMS también ha pedido a los productores de vacunas que concedan sus tecnologías en licencia a otros fabricantes para acelerar el proceso. Mientras tanto, deben destinarse recursos adicionales al Acelerador ACT para garantizar el acceso de los países a otras pruebas y herramientas vitales.

Cuando esas vacunas, herramientas de diagnóstico y terapias lleguen a los países, deben existir sistemas capaces de distribuirlas de manera equitativa. Gracias a la iniciativa COVAX, las vacunas que tanto se necesitan han comenzado a llegar a países PIMB de todo el mundo. Sin embargo, la insuficiencia de los fondos aportados al programa por los países de ingresos altos, las deficiencias en los sistemas sanitarios y la escasez de trabajadores en el sector de la salud están creando desafíos cada vez más complejos en materia de acceso y distribución a nivel del terreno. Las limitaciones de capacidad también implican que los sistemas sanitarios, que actualmente están dedicados a la campaña de vacunación, podrían ser incapaces de brindar atención vital a quienes sufren de VIH, tuberculosis y otras enfermedades, lo que tendría efectos desproporcionados sobre las poblaciones vulnerables y marginadas.

A corto plazo, es fundamental fortalecer la infraestructura y las redes de distribución locales tan pronto como sea posible. Para promover una distribución equitativa, los países y los donantes deben invertir en fortalecer los sistemas que se necesitan para entregar las vacunas. También es fundamental brindar apoyo a quienes entregan las vacunas sobre el terreno y equipar a los trabajadores sanitarios de las comunidades con los recursos y la capacitación que necesitan para administrar las dosis sin dejar de brindar servicios esenciales para otras enfermedades. Para cumplir eficazmente con su labor, los trabajadores sanitarios también deben contar con la protección adecuada y ser destinatarios prioritarios de las vacunas.

En el futuro, debemos apoyar los esfuerzos para promover estrategias fabricación más distribuidas a largo plazo, de forma tal que los países estén mejor preparados para las crisis, entre otras cosas mediante transferencias de tecnología e intercambios de conocimiento. Las transferencias de tecnología y el fomento de la capacidad a nivel nacional han tenido éxito en la respuesta a otras epidemias virales, entre ellas la meningitis, la influenza y el rotavirus. En todos los casos, fortalecer la capacidad de un país para fabricar vacunas mejoró las existencias locales y redujo los costos, aumentando sustancialmente el acceso a las herramientas vitales para la protección de la vida. Este enfoque cobrará aún más importancia a medida que las variantes del virus aumenten la necesidad de administrar refuerzos regulares.

Finalmente, es necesario fortalecer los sistemas a largo plazo sobre la base de los derechos humanos a fin de garantizar que las personas puedan seguir accediendo en pie de igualdad a la atención de salud necesaria para las enfermedades relacionadas y no relacionadas con la COVID. A medida que la pandemia pierda fuerza, será fundamental contar con sistemas de salud sólidos para atender a los pacientes que sufren de los efectos a largo plazo de la COVID y distribuir vacunas adaptadas a las futuras variantes. Las inversiones de largo plazo en sistemas equitativos para la atención de la salud también permitirán avanzar hacia modelos más eficaces de contención, vigilancia y cobertura universal de salud, lo que ayudará a las poblaciones vulnerables y marginadas que han sufrido los peores efectos sociales y económicos de la pandemia a acceder a cuidados integrales, asequibles y de calidad en sus comunidades. Es por eso que el PNUD trabaja con socios tales como el Fondo Mundial para establecer sistemas sanitarios inclusivos y centrados en las personas que sean resilientes ante las crisis.

Esta edición del Día Internacional de la Salud nos ofrece la oportunidad de renovar nuestro compromiso de avanzar hacia una recuperación justa y sostenible tras la COVID-19, sobre la base de sistemas de salud resilientes que no dejen a nadie atrás y una mejor preparación para futuros brotes y pandemias. El PNUD se une a la OMS y a otras organizaciones de todo el mundo para instar a los líderes mundiales, nacionales y locales a promover la distribución equitativa de las vacunas en todos los países y rechazar de plano el nacionalismo en ese ámbito. Avanzar hacia un mundo más justo y saludable es posible; exigirá acciones enérgicas y un enfoque sistémico que elimine las desigualdades que nos perjudican a todos.

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